Felicidad

Soñé con una poesía loca
de trazos disconformes
con la geometría descontrolada
y quiso ser desconcertante.
Quise hacer poesía
e hice un garabato.
Yo rayé el oleaje
y el Sol la lluvia,
miré al cielo y vi poesía.
El arco iris son flores
que caen del cielo,
flores de esplendidos colores.
Quise hacer poesía
e hice un garabato.
Dibuje unas líneas
que se enredaron
se retorcieron, adquirieron vida
y al final, la luz que vislumbré,
hablaba de amor y libertad.
Calma

Furia, desbocada furia,
¡tempestad!.
Es decir, es olvidar.
Hay luces en las tormentas,
¡y oscuridad!.
Es vivir, es morir.
En la noche hay estrellas,
¡y soledad!.
Es callar, es escuchar.
Hay gritos,
¡en el silencio!.
Y en estos tristes versos,
hay una sonrisa
¡qué a ti te pertenece!.
Hay un susurro, una caricia,
una risa, un beso y miles;
es sentir, es amar
y un tierno: ¡Te quiero!.
Aquí una sonrisa

Aquí la aridez, la sed del fondo del mar
que un día te vi llorar.
¿Y qué, que vuelva a llorar?
Una sonrisa, ¡Una sonrisa!
Y la tempestad del mar
en un pozo se serena,
donde a unos amantes
le susurra la Luna:
¡Lilas y Rosas!
Aromas y ¡melodías!
Y un cielo lleno de versos,
Aquí una sonrisa y un ¡te quiero!.
El reflejo siempre fue pasado

- Reflejado el olvido
Como el eco del oleaje,
Quién adivine si viene o va
En mil mares ha de navegar.
- El silencio
Es lo que queda tras el olvido,
Siempre fue pasado,
Y al tiempo
Fue como un espejismo.
- ¡Grita soledad!
Qué tal vez vuelva el eco,
Entre el rugir del oleaje…
Anochecida, la Luna
Anochecida, la Luna
la observaba a través de la ventana
y a través del frío vidrio:
una salamanquesa atravesaba
una luna atravesada por oscuras nubes.
Cruzo la Luna, pasaron las nubes.
Y allí quedo, sola,
donde siempre ha estado.
Y yo, imperceptible al tiempo
fui casual y efímero,
observando un instante
que en estas palabras
pretendí hacerlo eterno.
Desierto
Anduve por el desierto
entre los dedos de mis pies, la arena,
hacia mi cara llevada por el viento.
Anduve por la sed
guiado por un espejismo
hacia un horizonte, donde
hallar morada es continuar caminando.
Miré al cenit, también observe el Sol
me cegó, perdí el rumbo
y oteé infinitos espejismos,
cuando anduve por el desierto.
Recuerdo
Recuerdo
un aroma tergiversado al viento
una palabra valentonada, hacia el mar,
hacia el espejismo, que nadie vio.
Otra vez, miré
las olas entre las estrellas,
la espuma rebosando entre las nubes;
y en el mar, otra vez,
el reflejo de la Luna.
Detuve el tiempo en un silencio,
y en un suspiro, respire un aroma
de recuerdos y vida.
Odisea

-¡Hay Luna! Qué arrastras mis velas con la marea, hacia el acantilado, donde permaneceré encallado.- Dijo el marinero mirando al cielo.
La Luna sonrío y exclamo al viento: “La mar es la mar y las olas su cantar”.
El dialogo fluyo, las palabras flotaron en el mar, como una suave brisa, al aire se susurro:
Marinero: -Varado y mecido se es un ser vencido, sometido por tu hechizo; lo sé, al amanecer y al anochecer.-
Luna: -Al tiempo hay que dejarle navegar,
hasta que tus velas comiencen a volar.-
Marinero: -¿Volar? ¡Sí yo solo quería navegar!.-
Luna: - Hay estrellas que libran batallas en el mar,
y que a más de mil amores hicieron soñar.-
De proa a popa el marinero caviló, deambuló y su devaneo en el océano se perdió. La Luna volvió a sonreír, con una mirada que cautivó la mar, esa mar que hizo navegar y ocultó la noche tras un horizonte. El cielo, fue una esperanza en la que se precipitó la soledad, a la que el marinero exclamó:
- Y en las estrellas, lejos de mi mar ¿Cuál será mi sed?
¿Cuál el viento que me lleve?
¿Cuál será mi tierra soñada?
La Luna versó; soñó, quizás con la tierra. El cielo atronó, las velas fluyeron mientras el marinero oteaba el cielo:
-¡Hay Luna! Que me despiertas de la soledad con los aullidos del silencio, mecido al mar, tal odisea al cielo me hace navegar.
El nocturno caminante
Capitulo I
Se caracteriza por soplar al viento y mojar la lluvia, por pasear por las noches y hacer de su camino leyendas que no traspasan el amanecer. Aquella noche la turgencia acompañaba su estrepitoso paso, floreciendo desparramadas palabras, que no nombraba. Decían que acallaba los versos en un deleite de silencio y frágil contestación.
Y ahora, es el sudor; esos ojos brillantes, precavidos y en alerta; es la noche sedienta de sus leyendas, es la frágil contestación. Sus pasos se entremezclaban e intercalaban su presencia, la luz lo descubría y las sombras lo encubrían, la noche continuaba cegando sus entrañas; la noche se cernía obviando el día. Sus pasos desobedecían al silencio, un gato suspiro a la incertidumbre, sus pasos continuaron; la leyenda se forjaba en la inconsciencia del presente.
Alcanzo el centro del mundo, desde el advirtió su condición, murmuro y un silencio se adueño del universo. Las estrellas querían caer, precipitarse hacia un vacío indiferente; desafiar al absurdo solo por sentirse libres. Al tiempo el cielo se arrastraba en la mirada que lo observaba y las estrellas caídas eran sueños y tan solo sueños. Desaparecieron las estrellas, algunas cayeron, las otras, tras las nubes, transcurren y permanecen; aguardan sueños y noches embriagadas de pasos que sigilosamente se acercaron. La noche avanzaba al tiempo que los pasos se adentraban en las calles, la arquitectura sin luz, las plazas sin su voz; las calles descansan de la vida y los pasos lucubran misterio y miedos. La noche le descubría, su vulnerabilidad desaparecía en los callejones, entre cartones y vidrios; entre aquel sudor y las lagrimas que nadie vio. La noche amenazaba lluvia, pero el impulso a caminar llevaba ventaja al repudio y el camino se habría en un abanico de posibilidades que agudizo sus nauseas, aún se encontraba en el centro del universo.
La noche era oscura y aún recordaba la Luna llena que se asomo en los inicios de la noche, inmensa en el horizonte, de una intensidad peligrosa para la soledad y de un deseo perfecto para la locura. Continuara allí arriba iluminada, tras los nubarrones, tras la lluvia; solo por unos momentos la había podido contemplar, su mente elucubro una nueva realidad. La luna, cuando alcanza su esplendor, cuando aparece por el horizonte nos obliga a guardar las proporciones; la mente elucubra una nueva percepción, una nueva realidad.
Y aguardo en un callejón, con vistas a la desierta calle, hasta que el silencio fue ocupado y al mirar avisto a su pretendida espera.
Tergiversar la circunstancia, redimir el transcurso; a merced de tú voluntad, yacer en un espacio vacío.
Ignorar no es olvidar
Y el silencio no es respuesta,
Dicen que en la vida hay que pararse y reflexionar, pero la vida no para.
En aras de tú influjo, de tú voluntad… Meceré los sueños e ignorare el transcurso.
