El nocturno caminante
Capitulo I
Se caracteriza por soplar al viento y mojar la lluvia, por pasear por las noches y hacer de su camino leyendas que no traspasan el amanecer. Aquella noche la turgencia acompañaba su estrepitoso paso, floreciendo desparramadas palabras, que no nombraba. Decían que acallaba los versos en un deleite de silencio y frágil contestación.
Y ahora, es el sudor; esos ojos brillantes, precavidos y en alerta; es la noche sedienta de sus leyendas, es la frágil contestación. Sus pasos se entremezclaban e intercalaban su presencia, la luz lo descubría y las sombras lo encubrían, la noche continuaba cegando sus entrañas; la noche se cernía obviando el día. Sus pasos desobedecían al silencio, un gato suspiro a la incertidumbre, sus pasos continuaron; la leyenda se forjaba en la inconsciencia del presente.
Alcanzo el centro del mundo, desde el advirtió su condición, murmuro y un silencio se adueño del universo. Las estrellas querían caer, precipitarse hacia un vacío indiferente; desafiar al absurdo solo por sentirse libres. Al tiempo el cielo se arrastraba en la mirada que lo observaba y las estrellas caídas eran sueños y tan solo sueños. Desaparecieron las estrellas, algunas cayeron, las otras, tras las nubes, transcurren y permanecen; aguardan sueños y noches embriagadas de pasos que sigilosamente se acercaron. La noche avanzaba al tiempo que los pasos se adentraban en las calles, la arquitectura sin luz, las plazas sin su voz; las calles descansan de la vida y los pasos lucubran misterio y miedos. La noche le descubría, su vulnerabilidad desaparecía en los callejones, entre cartones y vidrios; entre aquel sudor y las lagrimas que nadie vio. La noche amenazaba lluvia, pero el impulso a caminar llevaba ventaja al repudio y el camino se habría en un abanico de posibilidades que agudizo sus nauseas, aún se encontraba en el centro del universo.
La noche era oscura y aún recordaba la Luna llena que se asomo en los inicios de la noche, inmensa en el horizonte, de una intensidad peligrosa para la soledad y de un deseo perfecto para la locura. Continuara allí arriba iluminada, tras los nubarrones, tras la lluvia; solo por unos momentos la había podido contemplar, su mente elucubro una nueva realidad. La luna, cuando alcanza su esplendor, cuando aparece por el horizonte nos obliga a guardar las proporciones; la mente elucubra una nueva percepción, una nueva realidad.
Y aguardo en un callejón, con vistas a la desierta calle, hasta que el silencio fue ocupado y al mirar avisto a su pretendida espera.
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